La vida... y esas pequeñas grandes sorpresas
No me canso de afirmar que la vida siempre está dispuesta a sorprendernos. Nos sorprende no sólo mediante grandes milagros. O a partir de esos otros pequeños milagros (llamémoslos coincidencias, instantes mágicos, momentos fortuitos o efímeros eventos extraordinarios que por lo general para nosotros pasan desapercibidos, _hay que afinar la sensibilidad), sino a través de las ocurrencias de cada personaje... Para mí, son regalos camuflados en el burdo empaque de la realidad, pero regalos que al fin y al cabo, no deberíamos despreciar, esos regalos llevan nuestra cotidianidad a otro nivel más benevolente. Será por eso que con el tiempo me he vuelto más callada, más buena escucha, más atenta a eso importante que dicen los demás y que nuestro propio monólogo interior nos impide apreciar.El tema viene a cuento por Boris y a propósito de la "fauna" de personajes literarios, individuos en apariencia comunes que pululan en una entidad pública como esa en la que trabajo. La labor para mí, __lo confieso, ___no ha sido divertida. Sólo hasta ahora caigo en cuenta del potencial que representa el microcosmos en el que me sumerjo en contra de mi voluntad, de lunes a viernes: una excepcional materia prima para hacer historias de buena factura, y me arrepiento de todo el tiempo que he perdido quejándome del sistema, de la misma gente que me rodea sin haberle sacado el debido provecho a cada uno de sus gestos y rasgos; porque con cada uno de mis compañeros podría hacer un compendio bastante interesante de perfiles. Pienso que no hace falta buscar gente famosa para retratar la esencia del ser humano, los famosos al cabo de un tiempo se vuelven cretinos y predecibles. En cambio, esos otros seres en apariencia anodinos que permanecen en el anonimato, son almas inocentes, maestros en el arte de vivir a plenitud con lo poco que se tiene.
Volviendo a Boris, les cuento: es un entrañable amigo con el que tengo un vínculo que sólo él y yo comprendemos y valoramos. Sin entrar en detalles que justifiquen mi genuino cariño por él, diré que Boris es viejo, acaudalado, pueblerino y sensible. Pero sobre todo, feliz. En la entidad no es un profesional, como yo; ni siquiera es un administrativo. Es un operativo, un oficios varios de esos que en realidad no hacen nada y más bien forma parte del decorado. En todo caso, es el tipo de personas que parecen estar ahí para alegrarle la vida a los demás con cada dicho, con cada chiste... y para prestarle plata a esos que ganamos más que él y sin embargo, en términos monetarios, tenemos menos liquidez que él. Aclaro: quienes ganamos más que él somos la mayoría, pero Boris tiene dos hijos ya médicos, una finquita en Santo Tomás (Atlántico), un plan muy bien estructurado de jubilación después de más de 30 años de servicio, y solvencia suficiente para satisfacer sus antojos.Sus antojos son ir al circo, los pequeños carros antiguos de colección o cualquier otra artesanía de épocas pasadas que se venden con El Tiempo, que él pueda lucir en la sala de su casa.
De eso me he enterado hablando con él de "la panela y el café", indagando como quien quiere y no quiere, sobre sus gustos, sus sueños, sus pasiones, para descubrir al cabo de un tiempo, que Boris me apasiona. ___¿Pero cómo no?, ___ me pregunto. Se refiere a su esposa nada menos que como "la Seño Nori" e imagino a una matrona que le gobierna la vida sin que a él le importe. Y un día en el que el cielorazo de mi casa se viene abajo a causa de un aguacero torrencial que cae en Barranquilla, no piensa dos veces en atravesar media ciudad y tres arroyos para venir a socorrerme. Por fortuna logro hablarle y decirle "Boris, tranquilo, estamos bien, quédate donde estás". También me avisa por ahí el 28, 29 ó 30 de cada mes, que ya están pagando: "En Bancolombia ya hay plata, mi negra". Me advierte: "Patrizia del C: no te muevas de tu casa que va a llover". O vislumbra una oficina desocupada que tenían de San Alejo en el segundo piso y resulta ser perfecta para nosotros dos porque está bañada por el sol, tiene vista a la calle y nadie sabe que existe, excepto él y yo. Entonces logra asearla y acondicionarla como el más envidiable despacho, compra un gran botellón de agua que comparte conmigo y me pide que traiga las pinturas de mis hijos de mi casa para hacerla lucir bonita, como me lo merezco. Pero no sólo eso, Boris se arma toda una película sobre lo que pasará en la próxima administración convencido de que el entrante contralor logrará la nivelación salarial con los otros entes de control y yendo más lejos, hace cuentas espléndidas sobre bonificaciones y nuevas prestaciones que al final si no se cumplen, no causan en él la gran decepción.
Le cuento a mi amigo que me voy a NY y él me pide una gorra de los Yanquis. Tengo toda la intención de traerle su regalo. Sé que Boris con una gorra de los Yanquis se sentirá en el séptimo cielo y eso me causará un regocijo indescriptible. Pero ya en NY no hallo la famosa gorra, hay otras que no son de los Yanquis, tampoco son bonitas o resultan demasiado costosas. Mi paseo incluye una visita al último piso de la Rockefeller Tower, una vista panorámica de la ciudad que nunca duerme y desde allá arriba, en el Top of the Rock pienso en Boris, en lo emocionado que se sentiría de estar allí pudiendo apreciar desde esa altura, el Central Park, el Empire State. Entonces me doy cuenta de lo mucho que lo quiero, de que quisiera ser testigo de su alegría en NY o en el Cirque du Soleil. Siempre le he insistido a Boris en que debería hacer el gasto y ver el Cirque du Soleil.
Vuelvo a Barranquilla y no lo encuentro. Ese día gris con pronóstico de lluvia y amenaza de arroyos representa una pérdida de tiempo para alguien que como él vive en un municipio retirado de la ciudad. Entonces le dejo con Lenin (otro personaje de nombre ruso) un imán de la Gran Manzana, para poner en la nevera. Es un imán pequeñito que muestra una imagen pretérita de NY, una imagen de postguerra, para ser más precisos. No será el gran regalo ___pienso, pero es mi humilde manera de decirle a Boris que en NY me acordé de él. De hecho, sólo a él le he traído un detalle de mi viaje.
Vuelvo al trabajo al día siguiente, no he terminado de parquear mi carro y escucho la conocida expresión: "Patrizia del C". El hombre viejo y feliz se acerca con una sonrisa de oreja a oreja.
___Mi vida: quería darte las gracias por ese regalo.
___No fue nada, Boris, un detallito porque la gorra de los Yanquis...
No me permite disculparme. ___No te preocupes mi reina, el regalo está perfecto, ¿Sabes una cosa?, yo muero por las cosas viejas, las de los años 20, los años 30, cualquier cosa de otra época. Si tu me llevas a México y me muestras el mejor televisor plasma que están vendiendo allá, y veo otro armatoste de 1920, yo compro el de 1920. Cuando voy a Santa Marta me subo a la Sierra, donde están los indiecitos tallando piedra y me quedo horas mirando cómo uno se pone a tallar un pájaro. Entonces le hago señas y le pregunto que en cuánto me lo vende. Me dice que en $70. Pero yo le digo (golpeándose en el cuello con los cuatro dedos de la mano derecha) que soy pobre, que $40, y en eso quedamos. Espero que termine y me voy feliz con mi pájaro de piedra para mi casa. Pero cuando llego allá mi mujer, todos me levantan. Mi hijo entonces dice: "Vea usté mamá, con la porquería que acaba de llegar mi papá". Definitivamente, por eso tu y yo nos entendemos, mi reina. Hay gente que lo viejo no lo aprecia.
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