viernes, 17 de octubre de 2014


Vicisitudes de una torpe estudiante de cocina


Escribiendo mi segundo libro a publicar, no pude evitar rememorar y aludir en él a mi agridulce experiencia en el mundo culinario.

*** 


Estoy a punto de terminar la carrera de Cocina y a escasas semanas de titularme, lloro. Lo hago con frustración y con la amargura de saber que he venido a parar al lugar equivocado y por elección propia, enceguecida frente al espejismo de hallar en esta alternativa una forma de realización distinta a la literatura. Al fin y al cabo, hasta hacía poco la cocina había sido una pasión para mí, un ejercicio lúdico que me sustraía de la dura realidad, algo con lo que además era feliz. Una sonrisa afloraba en mis labios y permanecía  imborrable como un tatuaje permanente, cada vez que con mis platos ricamente sazonados agasajaba a mi pequeño círculo de familiares y amigos, para quienes yo era algo cercano a una celebridad culinaria sin el consabido diploma. Después, al sumirme en ese mundo de estrictos protocolos, reglas y medidas que no admitían el empirismo, la magia desapareció. Hiperventilo cada vez que tengo clase con Fabián.
Mi marido no lo entiende, dice que para mí asistir a mis clases de cocina debe ser un evento feliz, como para él es el golf: su instante en el paraíso, el día más esperado de la semana. Pone a sonar en el equipo del carro el Concierto No 2 de Rachmaninoff, sabe que amo esa pieza y escucharla a esa primera hora de la mañana en la que parezco dirigirme al mismo infierno, puede mitigar mi angustia. Aprecio su gesto solidario, pero nada sirve en esas circunstancias. Mi considerado esposo no se imagina que en la escuela soy una especie de intocable perteneciente a la más baja de las castas. Allí, ignorados por el resto, despreciados sutilmente por el resto, humillados veladamente por el resto (constituyéndonos en sujetos de burlas, murmuraciones y discriminaciones), pertenecemos quienes somos incapaces de lidiar con la presión y nos ofuscamos con la carbonara, nos sale mal el doble cincelado de cebolla o se nos pasa el merengue francés justo antes de sacar la comanda, paralizados, embrutecidos ante los gritos de Fabián. 
Explico: Fabián no es ningún demonio, es mi profesor de Cocina IV, un tipo corriente de estatura regular, cara ancha, ojos claros y labios bonitos, alguien que en una multitud pasaría desapercibido, pero a quien en la cocina percibo como un gigante con poder para aplastarme.
La dinámica impuesta, así se le exige a los de último curso, consiste en sacar platos como en un restaurante, sólo que no hay un menú establecido y cada pedido nos toma por sorpresa. Nadie sabe con qué saldrá Fabián, si con un rack de cordero, una causa peruana o una omelette. Para esa circunstancia específica, quisiera ser clarividente, ¡así todo sería tan fácil! Pero carezco de esas destrezas sobrenaturales y me siento tan ínfima y vulnerable como una hormiga extraviada de su entorno.
En el grupo de cuatro estudiantes (así suelen dividir una clase de 20, 18 ó 16 personas) soy la responsable de hacer la carbonara, pero se me coagula una y otra vez. Fabián me mira con ojos de hielo y pregunta:
___¿Quién le recuerda a Patricia cómo hacer la carbonara?
Irina acude en mi ayuda y me ordena que me encargue de nuestra estación. Es importante tener la plaza limpia y hasta ahora es un caos. Si Fabián o su ayudante lo notan, nos restarán puntos al final. Ese es el papel de los ayudantes en la escuela: llevar en una planilla registro minucioso de cada error: desorden, contaminación cruzada por falta de higiene en la tabla o uso del mismo cuchillo para cortar las carnes y las verduras sin lavarlo previamente; no utilizar las pinzas para introducir o sacar las piezas del fuego, no cernir la harina, no escurrir las frituras en papel absorbente, no echar los desperdicios en el bowl… Claro, también los ayudantes cuando son indulgentes, pueden indicarte con un gesto de complicidad que vas mal en el procedimiento o hacerse contigo los de la vista gorda y pasar por alto una que otra embarrada menor.
Debido al fiasco con la carbonara, asumo el rol de mozo de cocina, un rol degradante para todo aquel que aspire a integrarse con el resto más allá de contribuir a que las cosas fluyan. Me encargo de lavar, secar y poner todo en su lugar, así como de pasar cucharones, batidores de mano, espumaderas, ollas y sartenes a mis compañeros a medida que lo van solicitando mientras ellos parecen tener entre sí comunicación telepática y “danzar” a buen ritmo. En la cocina somos, debemos actuar como una brigada con jerarquías y roles bien delimitados, así como en el ejército, fusionados y funcionando en perfecta sincronía mediante una orquestación automática que a más de un chef profesional conmoverá hasta las lágrimas.
No bien hemos solventado el problema con la carbonara y a Fabián se le ocurre pedir un salmón confitado con puré de maíz y ñoquis bomba bomba. Entonces le pido a Irina, casi le imploro que me deje hacer la masa de los ñoquis, la he practicado una decena de veces en casa. Irina se ha tomado a pecho su papel de Jefe de Partida y se comporta como un dictador cordial. Su ecuánime y brillante desempeño en la cocina han contribuido no sólo a situarla en el status de alumna sobresaliente con un alto promedio en sus notas, sino a inflarle el ego hasta hacerla sentir una privilegiada. En el Olimpo Irina sería el equivalente a una semidiosa, una mortal con poderes inusuales, preferida sobre todos los demás, por el Zeus que es Fabián. Con una mirada de condescendencia que no oculta cierto tinte de irritación, esta cría recién salida de la secundaria que podría ser mi hija, me responde:
___Bueno, hazte la masa de los ñoquis, pero apúrate.
Corto la espinaca en chiffonade, la blanqueo en agua hirviendo y agrego la harina, pero algo ocurre con las proporciones de agua y harina y la masa para hacer los ñoquis, que en este caso no son de papa, sino de harina de trigo, no me sale. Estoy a punto de enloquecer, las manos, todo mi cuerpo tiembla cuando Fabián, quien tiene los ojos clavados en mí desde que inicié la labor, grita:
___Patricia, llevas 10 minutos en eso, ¿acaso te vas a tomar toda la hora?
Irina a su vez me fulmina con una mirada de impaciencia. Está haciendo turno para procesar el maíz y preparar el puré, si se descuida otro grupo acaparará el único procesador existente y quedaremos rezagados con nuestro plato. Hago un paréntesis para explicar que al igual que con el procesador, ocurre con el horno cada vez que tenemos examen de panadería o cualquier test práctico que amerite su uso. Sólo puede irle bien al grupo que alcanza a utilizarlo primero, de manera que el producto crezca y se cueza lo suficiente antes de que los que vienen detrás con el abrir consecutivo y desesperado de la puerta, estropeen el resultado. En consecuencia, la cocina se convierte en un campo de batalla a muerte en el que no siempre salen victoriosos los mejores, sino los más fuertes ___llámense rápidos___ y verdaderamente sagaces para sobrepasar a los demás ocupando en primer lugar, el horno, el procesador, la sobadora de pasta o robando los chops de costilla más bonitos que alguien ha guardado en una placa en el refrigerador. Identificar entonces con una hojita de laurel o con cualquier otro recurso la patamuslo de pollo que has deshuesado a la perfección, u otra pieza que hayas cercenado o limpiado de manera impecable mientras la reservas en frío, es la costumbre, pero no garantía de que al momento de utilizarla y llevarla al fuego la encuentres donde la dejaste; Por lo general sucede que en un pestañeo puede otro más veloz y menos escrupuloso que tú, hacer desaparecer  tu producto y ganar indulgencias con camándula ajena.
Volvemos a donde quedamos: Irina me hace señas indicándome que tome su lugar para ella elaborar la masa de los ñoquis y justo cuando corro a retirar la olla del fuego con la masa inservible resbalo (alguien ha derramado mantequilla en el piso) Para no caer me apoyo en el borde de la estufa que está a rojo vivo. Grito de dolor al tiempo que despego mi mano derecha de la superficie caliente. Media palma ha adquirido la apariencia de un papel que arrugas antes de tirarlo a la basura. Lágrimas de dolor inevitablemente, se abren camino en mi cara. Fabián se asusta y me dice que me retire. José, el más benevolente de mis compañeros, acude a socorrerme, pone mi mano bajo el chorro de agua del lavaplatos y le pide a alguien más que traiga hielo en un bowl. Cada vez que intento sacar la mano del agua siento un ardor insoportable, pero no puedo quedarme allí siendo objeto del escrutinio de todos, intuyendo su lástima por mí. Una lástima cómoda, aliviada frente al hecho de haber interrumpido mediante mi accidente, la tensión reinante y obligar a Fabián a dar por terminada la clase.
Salgo de allí adolorida en la mano y en el ego, sin que nadie se haya ofrecido a acompañarme. Me dirijo a una clínica donde me tratan la quemadura de segundo grado que me blindará por tres clases del yugo de Fabián.
Siento rabia al tener que admitir que siendo una adulta he permitido que tantas  emociones negativas me dominen. En mi se anida una rebelión contenida que se acentúa durante las pruebas que involucran en exclusiva el tema práctico y el cerebro sólo sirve para llevar cuenta del tiempo y ordenar a las manos que vuelen. En la cocina todo se resume en tener muy buena motricidad fina. A lo sumo, entrenas las neuronas para memorizar recetas y procedimientos, para hallar atajos o algún tipo de fórmula que te permita ahorrar un tiempo precioso más allá del mise en place obligado para tener cinco platos perfectamente servidos y calientes en menos de 60 minutos. Será por eso que no entiendo por qué algunos cocineros se creen artistas o se las dan de celebrities. En mi opinión la comida es algo perecedero que sólo sirve para satisfacer una necesidad básica. En el laboratorio de creación de eso que nos proporciona un placer tan efímero y sale con tanta rapidez del cuerpo, no hay manera de impresionar con el intelecto a un pelmazo que delante de mis compañeros expone mis supuestos errores: hacer la crema de champiñones utilizando los pies. ¡Pero si él y yo lo sabemos! Para hacer una crema de champiñones es lícito utilizar esa parte del hongo que en otra circunstancia desecharíamos. Sólo que caigo en cuenta de mi acierto y de su “oportuna” equivocación cuando ya hemos recogido el reguero y su ayudante ha terminado de verificar que cada plaza se encuentra en orden con el número de utensilios completo. Es así una y otra vez con Fabián. Lo peor es que no existe la posibilidad de tener un diálogo con él, ni mucho menos hacerlo caer en cuenta de su trato injusto conmigo. Igual, no le importa, no le importo. A veces pienso que Fabián me odia porque le recuerdo a alguna mujer que lo traicionó, no hallo ningún vínculo razonable entre lo que soy, lo que represento y su antipatía. De hecho, soy una mujer madura con intenciones de titularme como cocinera profesional sin aspiración distinta (sólo hasta este momento lo reconozco y lo acepto) a colgar el diploma en mi cocina. Quizás sea esa la causa por la cual mi profesor vive tan emputado conmigo. Mucho tiempo después esa reflexión llega a mi mente como una epifanía.
Alguna vez, sin embargo, Fabián se ve obligado a pedirme el favor de que lo acerque hasta su casa. Tal vez se crea con ese derecho por el solo hecho de estar él en una posición predominante. Tal vez sea capaz de separar al profesor del hombre que necesita un favor, y a la estudiante torpe, de la mujer que le puede hacer ese favor. Tal vez Fabián no sea tan complicado como pretendo. O más bien sea un tipo demasiado fresco, casi descarado.
Le digo: ___¡Claro que sí!, con mucho gusto.
El modo amable se impone entre nosotros dos, de repente, mi carro es mí terreno. Mientras manejo la periodista que llevo dentro interviene con sutileza, casi con dulzura. Le pregunta a Fabián de su vida: el “antes” de la cocina. No tiene remedio, me cuenta que antes de decidirse por convertirse en chef estudiaba cine, pero lo abandonó para seguir su verdadera vocación. Lo escucho, no lo entero de mi historia, no me interesa que sepa que contrario a él, yo he abandonado mi sueño, me he negado a mí misma la posibilidad de cumplirlo para adentrarme en una aventura sin sentido.
Concluyo para mi pesar y propia vergüenza, que Fabián es un valiente. Quizás por ser un valiente habrá intuido mi cobardía y por eso se haya ensañado conmigo. A él lo tiene sin cuidado que yo pueda escribir un artículo en una hora, que sea fiel colaboradora de la revista más prestigiosa de la región y que de haber optado por hacerse un cineasta tal vez seríamos mejores amigos. Cuestión de sensibilidades, ___me digo. Mi interés por la cocina es inversamente proporcional al interés de Fabián por el cinearte. Lo esencial en su contexto, lo real es que soy incapaz de sacar una comanda en 15 minutos sin volverme un ocho. Por eso no tengo la menor oportunidad con él. En cambio, me he ganado el respeto de los demás profesores gracias a mi habilidad para memorizar la abrumadora teoría. Mi infalibilidad en las pruebas teóricas son mi estocada: en los prácticos me humillan y en los teóricos los humillo. Puedo recitar de memoria la clasificación de los huevos según su frescura y según su calibre, los 17 cortes de precisión de las papas, la clasificación de las salsas, los cortes de la vaca, la faena del pollo, las características estructurales y bromatológicas del arroz, los métodos y puntos de cocción recomendados según despojo, el punto de fusión de la mantequilla y la margarina, la clasificación de los potajes, los procesos de clarificación, la estructura y componentes del trigo; las diferencias entre las mousses y las bavarois, sus ingredientes fundamentales y las técnicas empleadas para cada uno.
Mi realidad con Fabián se erige en una ironía. Se muestra tan despiadada, que ni siquiera puedo mostrarle lo aplicada e inteligente que soy, Cocina IV no contempla la teoría. Soy una intocable y él se ha convertido en mi coco. Frente a Fabián vuelvo a tener cuatro años, soy una niñita indefensa que se esconde en una despensa… Revivir esa emoción paralizante en el futuro, apenas inaugurando el camino de la escritura como una profesional en mi oficio, me es útil. Escribo Desliz.

***
Desliz

Para Layla el chocolate, el cereal azucarado, la leche condensada, los bastoncitos dulces, el helado, un bizcocho cremoso y esponjoso, un confite que se deshace en la boca y sólo te atreves a masticar cuando esa cascarita dura que protege su denso elixir por fin se cuartea, son la gloria y el pecado.
Ella aún no sabe el significado de la palabra gloria, mucho menos el de pecado. Pero la gloria y el pecado la están consumiendo. Conviven en su boca pequeñita y toman posesión de todo su cuerpo. La gloria y el pecado se hacen presentes al mismo tiempo en dimensiones superlativas. Al goce indescriptible implícito en el acto de saborear, se adhiere la culpa, como caramelo caliente.
En un acto de intrepidez se esconde en la gran despensa para devorar en la cómplice semioscuridad cualquier golosina que la haga querer correr, trepar, saltar sin control: galletas, monedas de chocolate que refulgen invitadoras en su reluciente envoltorio dorado, maní confitado, mermelada, malvaviscos, miel… Su paladar es ávido, insaciable. Sus manitas pegajosas no le alcanzan para acaparar todo ese tesoro revestido de papeles multicolores camuflado entre víveres poco atractivos.
Layla experimenta la emoción que suscita lo prohibido.
Cada vez más ansiosa saborea, mastica, engulle las golosinas casi hasta atragantarse… el salivar se vuelve más pesado. Todo el placer que es capaz de sentir queda circunscrito a ese espacio donde la culpa empieza a languidecer y todo lo bueno se depura como si allí, nada más tuviese cabida.
Unos pasos que se acercan, una voz terriblemente familiar. Una emoción amarga irrumpe,   paralizante y aniquiladora. Ese será el primer recuerdo que Layla tendrá del miedo.  
 
***

En mi presente, cinco años más tarde, mi diploma de Cocinera profesional figura en mi cocina como elemento decorativo. Una emoción de increíble placidez me embarga al mirar hacia atrás y constatar que gané la batalla. De los 14 estudiantes que iniciamos la aventura, sólo cuatro lo logramos.
Después de hacerme cargo de la redacción de mi tesis de grado y bautizar cada plato inspirada en las canciones de Serrat, un proyecto en el que despliego todas mis habilidades de periodista y escritora, gracias a lo cual (y por supuesto, al trabajo en equipo) mi grupo obtiene un 95 como nota final, hallo en la portada de ese compendio de procedimientos, conceptos y recetas consignado en más de 100 páginas argolladas, una nota de mi temido profesor:
“Son un ejemplo de caer y levantarse con la frente en alto…”
No sobra decir que en mi corazón la cuenta con Fabián, ya está saldada.   


viernes, 10 de octubre de 2014

La vida...  y esas pequeñas grandes sorpresas

No me canso de afirmar que la vida siempre está dispuesta a sorprendernos. Nos sorprende no sólo mediante grandes milagros. O a partir de esos otros pequeños milagros (llamémoslos coincidencias, instantes mágicos, momentos fortuitos o efímeros eventos extraordinarios que por lo general para nosotros pasan desapercibidos, _hay que afinar la sensibilidad), sino a través de las ocurrencias de cada personaje... Para mí, son regalos camuflados en el burdo empaque de la realidad, pero regalos que al fin y al cabo, no deberíamos despreciar, esos regalos llevan nuestra cotidianidad a otro nivel más benevolente. Será por eso que con el tiempo me he vuelto más callada, más buena escucha, más atenta a eso importante que dicen los demás y que nuestro propio monólogo interior nos impide apreciar.
El tema viene a cuento por Boris y a propósito de la "fauna" de personajes literarios, individuos en apariencia comunes que pululan en una entidad pública como esa en la que trabajo. La labor para mí, __lo confieso, ___no ha sido divertida. Sólo hasta ahora caigo en cuenta del potencial que representa el microcosmos en el que me sumerjo en contra de mi voluntad, de lunes a viernes: una excepcional materia prima para hacer historias de buena factura, y me arrepiento de todo el tiempo que he perdido quejándome del sistema, de la misma gente que me rodea sin haberle sacado el debido provecho a cada uno de sus gestos y rasgos; porque con cada uno de mis compañeros podría hacer un compendio bastante interesante de perfiles. Pienso que no hace falta buscar gente famosa para retratar la esencia del ser humano, los famosos al cabo de un tiempo se vuelven cretinos y predecibles. En cambio, esos otros seres en apariencia anodinos que permanecen en el anonimato, son almas inocentes, maestros en el arte de vivir a plenitud con lo poco que se tiene.
Volviendo a Boris, les cuento: es un entrañable amigo con el que tengo un vínculo que sólo él y yo comprendemos y valoramos. Sin entrar en detalles que justifiquen mi genuino cariño por él, diré que Boris es viejo, acaudalado, pueblerino y sensible. Pero sobre todo, feliz. En la entidad no es un profesional, como yo; ni siquiera es un administrativo. Es un operativo, un oficios varios de esos que en realidad no hacen nada y más bien forma parte del decorado. En todo caso, es el tipo de personas que parecen estar ahí para alegrarle la vida a los demás con cada dicho, con cada chiste... y para prestarle plata a esos que ganamos más que él y sin embargo, en términos monetarios, tenemos menos liquidez que él. Aclaro: quienes ganamos más que él somos la mayoría, pero Boris tiene dos hijos ya médicos, una finquita en Santo Tomás (Atlántico), un plan muy bien estructurado de jubilación después de más de 30 años de servicio,  y solvencia suficiente para satisfacer sus antojos.Sus antojos son ir al circo, los pequeños carros antiguos de colección o cualquier otra artesanía de épocas pasadas que se venden con El Tiempo, que él pueda lucir en la sala de su casa.
De eso me he enterado hablando con él de "la panela y el café", indagando como quien quiere y no quiere, sobre sus gustos, sus sueños, sus pasiones, para descubrir al cabo de un tiempo, que Boris me apasiona. ___¿Pero cómo no?, ___ me pregunto. Se refiere a su esposa nada menos que como "la Seño Nori" e imagino a una matrona que le gobierna la vida sin que a él le importe. Y un día en el que el cielorazo de mi casa se viene abajo a causa de un aguacero torrencial que cae en Barranquilla, no piensa dos veces en atravesar media ciudad y tres arroyos para venir a socorrerme. Por fortuna logro hablarle y decirle "Boris, tranquilo, estamos bien, quédate donde estás". También me avisa por ahí el 28, 29 ó 30 de cada mes, que ya están pagando: "En Bancolombia ya hay plata, mi negra". Me advierte: "Patrizia del C: no te muevas de tu casa que va a llover". O vislumbra una oficina desocupada que tenían de San Alejo en el segundo piso y resulta ser perfecta para nosotros dos porque está bañada por el sol, tiene vista a la calle y nadie sabe que existe, excepto él y yo. Entonces logra asearla y acondicionarla como el más envidiable despacho, compra un gran botellón de agua que comparte conmigo y me pide que traiga las pinturas de mis hijos de mi casa para hacerla lucir bonita, como me lo merezco. Pero no sólo eso, Boris se arma toda una película sobre lo que pasará en la próxima administración convencido de que el entrante contralor logrará la nivelación salarial con los otros entes de control y yendo más lejos, hace cuentas espléndidas sobre bonificaciones y nuevas prestaciones que al final si no se cumplen, no causan en él la gran decepción.
Le cuento a mi amigo que me voy a NY y él me pide una gorra de los Yanquis. Tengo toda la intención de traerle su regalo. Sé que Boris con una gorra de los Yanquis se sentirá en el séptimo cielo y eso me causará un regocijo indescriptible. Pero ya en NY no hallo la famosa gorra, hay otras que no son de los Yanquis, tampoco son bonitas o resultan demasiado costosas. Mi paseo incluye una visita al último piso de la Rockefeller Tower, una vista panorámica de la ciudad que nunca duerme y desde allá arriba, en el Top of the Rock pienso en Boris, en lo emocionado que se sentiría de estar allí pudiendo apreciar desde esa altura, el Central Park, el Empire State. Entonces me doy cuenta de lo mucho que lo quiero, de que quisiera ser testigo de su alegría en NY o en el Cirque du Soleil. Siempre le he insistido a Boris en que debería hacer el gasto y ver el Cirque du Soleil. 
Vuelvo a Barranquilla y no lo encuentro. Ese día gris con pronóstico de lluvia y amenaza de arroyos representa una pérdida de tiempo para alguien que como él vive en un municipio retirado de la ciudad. Entonces le dejo con Lenin (otro personaje de nombre ruso) un imán de la Gran Manzana, para poner en la nevera. Es un imán pequeñito que muestra una imagen pretérita de NY, una imagen de postguerra, para ser más precisos. No será el gran regalo ___pienso, pero es mi humilde manera de decirle a Boris que en NY me acordé de él. De hecho, sólo a él le he traído un detalle de mi viaje.
Vuelvo al trabajo al día siguiente, no he terminado de parquear mi carro y escucho la conocida expresión: "Patrizia del C".  El hombre viejo y feliz se acerca con una sonrisa de oreja a oreja.
___Mi vida: quería darte las gracias por ese regalo.
___No fue nada, Boris, un detallito porque la gorra de los Yanquis...
No me permite disculparme. ___No te preocupes mi reina, el regalo está perfecto, ¿Sabes una cosa?, yo muero por las cosas viejas, las de los años 20, los años 30, cualquier cosa de otra época. Si tu me llevas a México y me muestras el mejor televisor plasma que están vendiendo allá, y veo otro armatoste de 1920, yo compro el de 1920. Cuando voy a Santa Marta me subo a la Sierra, donde están los indiecitos tallando piedra y me quedo horas mirando cómo uno se pone a tallar un pájaro. Entonces le hago señas y le pregunto que en cuánto me lo vende. Me dice que en $70. Pero yo le digo (golpeándose en el cuello con los cuatro dedos de la mano derecha) que soy pobre, que $40, y en eso quedamos. Espero que termine y me voy feliz con mi pájaro de piedra para mi casa. Pero cuando llego allá mi mujer, todos me levantan. Mi hijo entonces dice: "Vea usté mamá, con la porquería que acaba de llegar mi papá". Definitivamente, por eso tu y yo nos entendemos, mi reina. Hay gente que lo viejo no lo aprecia.    

miércoles, 8 de octubre de 2014

14 cosas de ellos… para salir corriendo

Llevaba tiempo pensando qué escribir en mi blog. Pasan semanas, meses. Sin nada atractivo en el panorama, casi me olvido del tema. Ando escribiendo mi segundo libro y muchas cosas se atraviesan en el camino. Para qué esclavizarme con un blog, __me digo para consolarme.  Pero la idea está ahí, aguijoneándome... hasta que de pronto hoy, en una tarde lluviosa, ya de regreso a mi hogar después de un idílico y corto viaje que hice con mi esposo a NY, encuentro en Yahoo algo con lo que me conecto. Reflexiono y escribo al tiempo. 

Este es el resultado:

No pretendo ser consejera sentimental, pero si de algo sirve la experiencia quiero compartir con mujeres y hombres por igual, las mías, las que he vivido a lo largo de mi vida y a través de mis relaciones afectivas con hombres de diversos tipos (no todos malos) que oficiaron de maestros y a quienes les estaré eternamente agradecida por lo que me aportaron.
Hoy, ya adulta, plantada en mi madurez y felizmente casada, no deja de sorprenderme lo inequitativas que siguen siendo las relaciones de pareja, lo desventajosas que son para las mujeres no porque seamos víctimas, sino por la manera tan torpe en que nos relacionamos con los hombres. Desde la vulnerabilidad, desde la carencia, desde la perspectiva de endilgarles a ellos la responsabilidad de hacernos felices a cualquier precio: Ello implica tener que comprendernos, descifrarnos y sobre todo, amarnos con nuestro fardo de cocos a cuestas, ese fardo pesado y añejo de traumas, conflictos irresueltos y tristezas de la infancia.
Ya es hora de que lo reconozcamos: las mujeres solemos tratar de compensar con el hombre que elegimos como pareja al padre ausente. O al maltratador, al abusivo, al indiferente. Y eso, créanme, tiene que resultar demasiado abrumador para alguien que al igual que nosotras, viene con su propio fardo cargado de desolación. Porque los hombres ¡también tienen sus propios cocos!, sólo que en su caso, el manejo que le dan a las desdichas que pueblan esos primeros años de cualquier individuo sea quizás más estoico, más valeroso. Para el hombre matar sus cocos, o espantarlos, se torna en un asunto estrictamente personal.
El hombre que sufre abuso infantil o que en su niñez experimenta cualquier carencia o circunstancia traumática no espera ser salvado en el futuro por nadie, mucho menos por mujer alguna. No ve en el matrimonio o en la relación de pareja su tabla de salvación, su escape ni la luz al final del túnel.  Sus conflictos del pasado constituyen por lo general una cuestión a superar por sí mismos, una cosa penosa de la que jamás hablan, un secreto oculto en el más oscuro rincón de la conciencia, algo de lo que si cuentan con suerte, se encargará la vida,  y “sanará” la plata, el poder, el reconocimiento, el éxito…
De parte nuestra la cosa es distinta. Vemos en cada prospecto de pareja una suerte de Mesías que vendrá a borrar el dolor de nuestras vidas. Y para lograr esa felicidad idílica de la que dan cuenta los comerciales de Coca Cola, de bancos y medicina prepagada, para consolidar el status de esposa y madre de hogar estamos dispuestas literalmente a todo, incluso, a hacer lo que ellos no nos han pedido, como liberarlos de su rol de líderes de la familia al asumir el papel de una madre castradora, esa que cree que el chico jamás podrá apañárselas solo y por eso lo mantiene y hasta le combina la ropa que debe usar cada mañana para irse al trabajo. Lo mejor, o tal vez peor de todo, es que ellos se acomodan… hasta que otra les cambia la película y los hace sentir de verdad, importantes, capaces, ¡hombres!
Formas de sumisión al hombre y de velado maltrato del hombre hacia la mujer hay tantas, tan  diversas y sutiles, que no es al final eso lo que me sorprende. Me sorprende en realidad que en pleno siglo XXI esas conductas ya habituales hayan sido infundidas, auspiciadas y perpetuadas nada menos que por nosotras, las mujeres.
A propósito del tema, encontré en la web un artículo sobre 10 cosas que impulsan a las mujeres a romper con sus parejas de cuya lectura surgió esta lista (mía) agrandada y personalizada. Mi ejercicio lo hice con conocimiento de causa (a partir de tanta prueba y error). Por eso para mí no  sólo se constituye en 14 razones para romper con un hombre, sino en sólidos motivos para ni siquiera contemplar la posibilidad de tener una relación con él.  ¡Corre!   


1. Coquetea con tus amigas: se quiere ir de levante con ellas y se comporta demasiado atento, demasiado interesado, demasiado encantador, como el perfecto seductor. 
2. Es un tacaño: No hay peor mata pasión que un tipo mezquino. Para mí la tacañería no está asociada a no tener suficiente dinero, es algo que forma parte de la esencia de la persona. Hay hombres pobres que son espléndidos y hombres ricos que son miserables.  Pero la tacañería tanto como la generosidad, se manifiestan en todos los ámbitos de la vida. El hombre tacaño es mezquino no sólo con la plata, también lo es con los cumplidos, con las caricias, con los detalles y hasta en la cama.
3. Se la pasa hablando de sus exs.
4. Es un mirón incorregible: cualquier falda lo distrae.
5. No es (o dejó) de ser atento: no te hace sentir especial ni es caballero contigo.
    6. Es indolente: no le preocupa o parece no importarle el que sufras o te sientas abrumada por algo; tampoco está dispuesto a hacerte favores por simples que parezcan.    
    7. Es demasiado infantil: quiere hacerse el chistoso siempre, o se la pasa pegado a los videojuegos. 
    8. No tiene intereses en común contigo: ejemplo: a ti te gusta rumbear todos los viernes y él detesta el baile. El adora los museos y tú los encuentras aburridos. Él es demasiado profundo y tú eres demasiado superficial.
    9. Te asfixia: con celos infundados y reclamos permanentes sobre con quién hablabas, a dónde fuiste y por qué te divertiste sin él. Quiere estar pegado a ti como perrito faldero. O en su defecto, marcándote el paso a punta de llamadas y mensajes de texto.
    10. Es un controlador: opina todo el tiempo sobre cómo debes vestirte, maquillarte, hablar…  cómo debes gastar tu plata y hasta sobre tus asuntos de trabajo. Quiere que vivas tu vida y tomes tus decisiones basada en sus reglas.
    11. Es ofensivo: no puede hacerte un reclamo sin la falta de respeto o la ironía. Te critica en todo momento y por cualquier cosa, o te ridiculiza frente a los demás.
      12.  Es un agresor pasivo: a todo lo que le pides te dice que sí y termina no haciéndolo o haciendo lo que le viene en gana. Pero también es el que te ignora, el que te hace sentir que para él eres un cero a la izquierda o que cualquier mujer es mejor que tu.
     13. Es castigador: cuando tienen un problema su mecanismo de defensa es castigarte con un hermetismo y una indiferencia de témpano.
14 No comparte tus mismos valores. Pueden no tener las mismas creencias, pero los valores son innegociables.